Estas horas de silencio. 3 DE JUNIO DE 2011 (Helio)


Recuerdo la mirada de sus ojos no entendiendo por qué le iban a pinchar un calmante si no había pasado nada que lo justificara. Le agarré su carita y le dije que era para poder irnos de viaje. Luego se fue quedando dormido, y con su quietud silente llegó el momento de ir recogiendo los restos de esperanza, las pelusas del cansancio acumulado en aquella habitación, las migas dispersas de los sueños rotos, las palabras perdidas entre la planta tres y la cafetería, los silencios infinitos de tantas horas, las canciones que quedaron prendidas de todas las paredes, las miradas húmedas y todas las visitas.

Partimos hacia el aeropuerto, no sin antes dejar con algún gesto, toda nuestra gratitud y nuestro reconocimiento al Dr. Martínez, a su equipo  y a todas y cada una de las enfermeras que aprendieron a enamorarse de Alejandro. Hay momentos en que las palabras son insuficientes, en que las distancias necesarias para no implicarse se rompen definitivamente y nace el cariño, el amor, la humanidad más cercana. Gracias, gracias de verdad.

En Barajas todo fue sobre ruedas. Ale soportó una pequeña espera entre dormido y despierto. Subimos al avión y allí se espabiló lo suficiente como para darse cuenta que el bocata no tenía más que queso, pero se lo comió con gusto. Le di las dos pastillas que le reactivarían el sueño durante el trayecto.

Cuando el comandante se dirigió al pasaje para decir, en español y en ingles, que íbamos rumbo a  Tenerife, Trini y yo nos miramos y le miramos, un leve movimiento en su sueño y luego una pregunta:

-Helio, ¿las personas vuelan?

-No Ale, las aves, los insectos y los aviones.

-Los insectos vuelan… y se volvió a quedar dormido.

Las horas pasaron muy lentamente entre lecturas imposibles, vigilias de su sueño, y algunas lágrimas incontenibles.

Cuando salimos de la zona de recogida de equipaje, su cara se iluminó por fin al ver a sus tíos Juan y Ángeles, nada le resultaba conocido, pero tampoco nos preguntó que estaba pasando. Les saludo con alegría. Luego se acercaron Fran y Walter, los psicólogos de la Casa Manolo Torras. Lo único que dijo cuando se subió a la furgoneta y escuchó el dial de los Cuarenta Principales fue:- por favor, sube la música.

La casa madre de la Cruz Blanca, es un pequeño chalet en la Manzanilla, tiene un hermoso jardín que hizo que a Ale los ojos le hicieran chiribitas. Luego se lo llevaron a merendar. Tras el cristal del patio interior, un número indefinido de compañeros observaban el revuelo de la entrada y trataban de descubrir quién era el nuevo. Nosotros nos dirigimos a un despacho con Fran, y allí estuvimos una hora contándole quién era Ale, sus gustos, sus filias y su fobias, sus necesidades, sus capacidades…

Luego llegó el momento de explicarle al fin lo que sucedía y despedirnos. Nos sentamos en un apartado del jardín, los ojos se le iban a la araña que, urgida por nuestra presencia, trataba de llegar al hueco de la sombrilla. Trini le explicó con toda la calma que pudo, que estábamos allí para seguir el tratamiento, que aún tenía que estar un tiempo sin volver a casa, que le iban a cuidar y a seguirle  ayudando a curar sus nervios como antes lo habían hecho en el Negrín y en Madrid. Que nosotros volvíamos a casa, pero que vendríamos a verlo siempre que pudiéramos… No sé porque me dio la impresión de que sobraban las palabras, él lo sabía y lo entendía.

Volvimos a la entrada de la casa, necesité apartarme un poco, quería darle el último abrazo sin que me viera llorar. Finalmente se fue con ellos, dentro de un rato lo llevarían a su nuevo hogar, otra casita de campo a las afueras de La Laguna, allí conocería a sus nuevos seis compañeros y comenzaría su nueva aventura.

Nos fuimos tranquilos, arrastrando un poco los pies, pero con la certeza de que todo va a ir bien.

Luego Juan y Ángeles, consiguieron distraernos durante el tiempo que pasó hasta que, con retraso, cogimos el vuelo de regreso a casa. Gracias por ese rato, se hubiera hecho insufrible.

Me pareció que la distancia se multiplicaba por cuatro, el silencio sólo roto por el inconfundible bimotor y algún sollozo casi incontrolable.

Javi nos recibió con su eterna y tremenda sonrisa, ¡qué valiente es!

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