Las Palmas 20 de febrero de 2011


Llevo semanas queriendo escribir y sin poder hacerlo. Como si enfrentarme al ordenador supusiera reconocer aquello que temo. Cada día se hace más evidente su presencia. El monstruo ha vuelto a aparecer. Aun no se asoma con fuerza. Aun mi niño le puede. Y, aunque trata de disfrazarse, yo sé que está ahí. Llevo mucho tiempo sintiéndole aunque me niegue a reconocerlo. Está ahí. Aun no se ha apoderado de mi hijo. Aun no ha brotado su fuerza devastadora pero… está  al acecho.

Alejandro lucha contra él pero no siempre sabe cómo hacerlo y cada vez, con mas frecuencia, pierde la batalla. Yo no sé cómo ayudarle. Le preparo Agendas que a veces le ayudan a controlar, a recordar que debe mantener la calma… pero el esfuerzo del autocontrol termina pasando factura, se abre una rendija y por ella asoma el monstruo. No suele quedarse mucho tiempo y, si comparamos con el pasado, resulta casi inofensivo. Pero no debo dejarme engañar por las apariencias. Está ahí y es muy fuerte. A veces se conforma con romper una taza o un plato para luego cortarse en las palmas de las manos, brazos o muslos.  A veces  creo que el dolor físico le ayuda a mitigar su dolor interior, la frustración. Casi nunca nos agrede pero, además de las autoagresiones, ha vuelto a romper cuanto le rodea: el ordenador portátil de Javier, el reproductor de DVD, un reloj, dos sillas, una estantería, dos instrumentos del taller de peluquería del colegio, la ventana de su cuarto en casa de Helio, otros tantos platos, vasos… y… grita hasta perder la voz.

Creo que  Alejandro sabe muy bien lo que está mal. Lo que se debe hacer y lo que no. Puedo hacerle agendas para recordárselo pero él necesita urgentemente que le enseñe a reconducir su ira y su frustración antes de que vuelva a ser tarde. Debemos ayudarle a encontrar un camino que no resulte dañino para él, para los demás ni para lo que nos rodea.

De pequeño le obligaba a contar, decir los números y visualizarlos. Permitía que se concentrara en ellos de tal forma, que la ira y la frustración se alejaban. Ahora no sirve. No se concentra en los números ni en las secuencias, se equivoca y se enfada aun mas. He probado también con llevarle de paseo en coche pues le relaja y disfruta de la música. Pero es un riesgo porque alguna vez me ha tirado del pelo o me ha pellizcado mientras conduzco. Hemos probado la economía de fichas, los premios, los castigos, los refuerzos positivos, el ignorar conductas disruptivas (cosa muy difícil cuando la emplea contra todo y está en peligro su integridad física y la nuestra). Le hemos aumentado la medicación… El próximo miércoles voy a comenzar a llevarlo a la Universidad a hacer un par de horas de deporte con chicos de APAEL. También he pensado en volver a llevarle a los masajes de relajación.

No sé cómo ayudarle. No sé qué más hacer. Me siento frustrada y muy cansada. El monstruo está ganando la batalla. Todavía hay momentos de paz pero ha regresado el estado de alerta, del mismo modo que ha regresado el abatimiento, la aceptación de que “esto es lo que hay” y de que “solo nos queda confiar en que no empeore”, en dar con “la solución mágica”.

Y cada noche me acuesto con el mismo deseo: que mañana sea un día mejor o que al menos la crisis sea breve. Sé que no es la actitud correcta pero ciertamente me siento derrotada. La salud de Jorge ha vuelto a resentirse y aunque imagino que no es grave, ahora hay que volver a pasar muchas mañanas en el hospital con pruebas y visitas continuas al digestivo y al internista, la inquietud ante los resultados… He de volver a pedir permisos para ausentarme del trabajo y, además, sentirme culpable por hacerlo.

Tengo ganas de no estar. de no saber, de dejar que alguien me lleve o me libere, de dormir, de olvidar y despertar descubriendo que solo se trataba de un mal sueño. Me duele el cuerpo y no solo por los golpes. Me duele el alma y no solo por la impotencia. Me siento sola y con ganas de llorar. Mi cuerpo me pide dejarme caer pero mi mente se mantiene alerta. He de encontrar una solución. He de luchar un poco mas, al menos una vez mas. Alejandro aun no se ha rendido al monstruo, tampoco yo debo hacerlo.

He decidido que el próximo curso lo mandaré de lunes a viernes a la residencia escolar. O eso o no podré vencer la depresión que amenaza con instalarse y ante la que a veces deseo rendirme. Siento que estoy a punto de abrazarme a ella y dejarme caer. Dormir, dormir y desaparecer en el vacío.

De momentoaquí sigo y, aunque me apetezca darme por vencida, no es momento de tirar la toalla sino de volverme a levantar, pedir ayuda y encontrar una solución.

Me voy calmando mientras escribo.

El monstruo está ahí pero no me ha vencido. Vencernos es rendirnos a su presencia, permitirle mandar en nuestras vidas y en nuestro destino.  Me siento perdida pero aun tengo ganas de encontrar el camino. Esta situación no puede ni debe ser eterna. Mañana, algún día, volverá a brillar el sol y yo podré tomar de la mano a mi hijo y sentir su paz, su amor y su alegría. Sí, así será, estoy segura. Lo conseguiremos.

Te quiero mi niño y, mientras me quede aliento, lucharé para que “regreses conmigo”.

Lo prometo.

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