Diario de una esperanza (VII) por Helio Ayala en Margullando


La noche se promete larga. La tarde no ha sido fácil.

Hoy nos tocaba preparar a Ale para el viaje – cómo prepararle a él cuando nosotros no sé si lo estamos del todo- pero eso era lo que tocaba. Trini preparó con esmero unas cuantas láminas plastificadas en las que con pictogramas le contamos que esta noche nos vamos a Madrid. Su cara iba del entusiasmo a la indiferencia-decepción. A medida que le contábamos lo que iba a acontecer, hacía preguntas fuera de contexto – ¿En septiembre…? Como queriéndonos decir -déjate de rollos, y dime cuando se acaba esto.

Creo que lo comprendió todo, incluso hubieron muestras de entusiasmo con la participación de Joaquín y Mar en aquella excursión.

Comenzamos a jugar. Todo iba aparentemente bien.

Ella comenzó a elevar el tono de voz, hoy estaban su abuela y otra chica joven; no sé si su madre ha arrojado ya la toalla. A los reproches y sus continuas peticiones de que la saquen de allí, le sucedieron una serie de llantos desconsolados que hicieron, que Alejandro, prestara más atención a lo que pasaba, que a adivinar si mi personaje secreto del “¿Quién es quién?” era Pocajontas o Peter Pan. La cosa comenzó a ponerse tensa. Intentamos distraerle con los juegos, pero no hubo forma. Cuando ella abandonó la sala seguida de su abuela, Ale no aguantó tampoco más. Comenzó por pellizcarnos, luego fue a por una de las enfermeras, tratamos de contenerle. Ya éramos muchos agarrándole y tratando de calmarlo, cuando decidió, que llevaba más de un mes sin darle una patada a un cristal. Se zafó como pudo y dejó su firma, antes de dejar la planta de psiquiatria, en el cristal de la sala de vistas, estalló en forma de tela de araña.

¡Qué putada, precisamente hoy! No hacíamos más que repetirnos mientras recogíamos, apesadumbrados, las fichas del memori que quedaron en la mesa sin haberlas usado siquiera.

Cuando ya estábamos esperando para marcharnos y ver como había terminado todo, nos llamó la ATS.

– Por favor el chicle que le dieron, no quiere dárnoslo. Pasen a la habitación para ver si se los da a ustedes.

Nos quedaba el último regalo antes de partir rumbo a Madrid, ver a Ale en su cama atado de pies y manos.

Las emociones nos pudieron en la antesala del ascensor.

La noche se promete larga.

Mañana será otro día.                                     Helio

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