28 de marzo de 2006. Hoy cumples 11 años


Cuando el año pasado terminé de recopilar mis “Cartas al Arco Iris”, lo hice consciente de que cerraba un capítulo de nuestras vidas para dar paso a otro que culminaría en tu adolescencia.

Sinceramente creía que se abría ante nosotros una etapa mejor. Nunca sospeché que volvería a sentirme tan perdida y asustada respecto a ti.  Nunca creí que volvería a sentir que te alejabas.

Sin embargo, te miro y no te encuentro. A veces siento, dolorosamente, que no te conozco. No puedo anticiparme a tus actos ni a tus deseos. Vivo en tensión porque no sé si vas a reaccionar con calma o con esa furia incontrolada que se dispara y te puede. Y cuando estás en medio de ella yo sé que no eres tú. Tus ojos no miran, no escuchas… no estás. Te llamo casi a gritos pero no me oyes. Estás perdido en tus obsesiones, en tus agresiones o en tus autolesiones…  Y la calma nunca llega plenamente… Lloras, me buscas y me dices: -¡Ayúdame!  ¡Ahora tengo miedo!

Yo te abrazo para calmarte, para hacerte saber que a pesar de todo sigo a tu lado y te quiero. Tú me pillas desprevenida y me regalas otro de tus grandes pellizcos que me hace llorar. Me enfado y a veces impulsivamente te devuelvo un azote. Te mando a tu cuarto, y entonces siguen los gritos, los portazos… Te oigo llorar y me muero de dolor.

Me acerco a tu cama, te acaricio, te abrazo y te beso. Te arropo con ternura y con un poco de miedo a otra agresión.  Quiero que sepas que sigo a tu lado.  Tú me gritas que te deje.

Siento que te estoy perdiendo.  Me pides ayuda, me preguntas qué te pasa, pero siempre regresan las sombras alejándote de nuestro lado. Y yo vuelvo a no saber si no quieres o no puedes.
Vuelvo a sentir que pasa algo más. ¿Las hormonas? ¿Rebeldía? ¿Necesidad de encontrar tu identidad? ¿Temor, tristeza y rabia por saberte distinto? ¿Rabia por obligarte a llegar a nuestro mundo donde quizá encuentras pocas compensaciones? ¿Falta de vitaminas? ¿El  metabolismo? ¿Psicosis?

Siento que estás enfadado con el mundo.  Quizá te has cansado de luchar  para llegar a ningún lado.  Otras veces pienso que nos estás probando, pero… ¿Por qué? ¿Qué deseas comprobar?

Mi pequeño, siento que el dolor y la rabia te dominan y a veces pienso que ya no quieres regresar. Pero entiende que yo no puedo permitir perderte. No sé en qué parte del camino te fuiste y cómo no me  di cuenta.

Creo que estás mucho mejor, que cada vez son más largos los periodos de calma. Has vuelto a sonreír, pero es tan triste y efímera tu sonrisa.

A medida que escribo me parece ir descubriendo la raíz de tu problema. Creo que todo comenzó con tu obsesión por la perfección: Uñas perfectas, escritos perfectos, lectura perfecta, zapatos perfectamente colocados, jerséis perfectamente doblados, perfectamente sentado, perfectamente acostado, sin arrugas en las sábanas o en la pijama,  sin movimientos que pudieran descolocarlo todo.  Andar perfecto, estar perfecto. Jugar al ordenador sin que nunca te maten, ganar siempre, ver un partido de baloncesto y que siempre que lanzaran metieran canasta, ver fútbol y que siempre “metan gol, propias de gol” ( cómo tú dices)… Todo debe responder a tus deseos, todo debe ser perfecto.

Alejandro, aunque tú no lo entiendas y yo no sepa explicártelo, todo irremediablemente es imperfecto. Porque las letras nunca pueden hacerse con el mismo grosor y con idéntico tamaño, porque a veces te equivocas al leer o porque sabes que no empleas ni el ritmo ni la entonación adecuada y aunque te repetimos que no importa y que está muy bien, no es nuestra opinión la que te importa, sino la tuya. Pero tú te has impuesto, por desgracia, la perfección. Te frustras porque,
inevitablemente las sábanas se arrugan cuando nos acostamos, porque no siempre adivino la ropa que te gusta, porque la raya no está en su lugar, porque… todo es caos: Mary Luz no está, la profe de inglés no te hace caso, los niños están demasiado pendientes de ti y te agobian, porque en la fila invaden tu espacio, porque quizá te has cansado de tratar de comprender sin ser comprendido.

Y cuando la frustración, y tu nivel de autoexigencia es tan excesivo necesitas por fuerza explotar. Y entonces te invade la rabia y te autolesionas hasta sangrar, nos agredes, rompes y lanzas cosas… Conviertes nuestra realidad en el caos que quizá es tu propia vida. Creo que sientes necesidad de escapar. Por eso creo que deseas perderte. Sé que tienes miedo, que debes sentirte solo y terriblemente incomprendido. Quizá te sientas químicamente agredido.

Sólo sé que me siento terriblemente triste y que a veces he pensado que quizá debo dejarte marchar. Pero entonces tú me abrazas llorando y me preguntas: – ¿Qué me pasa? ¡Ayúdame!

Me dices que tienes miedo y yo… siento terror.

En medio del silencio que me invade, creo apreciar tu voz que me llama, cada vez menos nítida y más lejana. Y cuando consigo encontrarte me doy cuenta de que ya no puedo llevarte en brazos.

Sigo queriendo entender lo que sientes pero me parece que ya no quiero sentir contigo.

Mi pequeño, algún día todo esto pasará. Volverán la alegría y la calma. Ya no puedo llevarte en brazos pero sí puedo darte la mano y caminar contigo. Déjame seguir a tu lado. Enséñame, una vez más, el camino.

Te quiero.

¡FELIZ CUMPLEAÑOS!

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