Para Alejandro por su 8º Cumpleaños. (Las Palmas 23 de marzo 2003) “AYAR, el niño que vino de lejos.”


Érase  una vez, a un pueblecito muy lejano, durante una noche de marzo llena de  estrellas, llegó un niño extraño. Nadie supo cómo llegó al pueblo ni quién lo  había llevado. Tenía unos tres años y su pelo era de un intenso color violeta.  Pero no era sólo el color del pelo lo que le hacía distinto, también era  diferente por su mirada. Miraba más allá de las cosas, como si solo él pudiese  ver algo, invisible para el resto de las personas. Se fijaba en detalles  insignificantes y se quedaba extasiado viendo cómo volaban los confetis al soplarlos con una pajita.  Dedicaba  interminables horas a hacer dibujos aparentemente idénticos pero con pequeños  matices que los diferenciaban…

Cuando  llegó al pueblo no hablaba ni parecía sentir interés por buscar un modo de  comunicarse con la gente. Estaba solo y, sin embargo, parecía feliz.

El  Consejo del pueblo, compuesto por los ancianos que habitaban el mismo,  se reunió en la plaza para decidir qué hacer con aquel niño  tan extraño. Estaba claro que no era de aquel reino pues no hablaba ni  comprendía el idioma. Era un niño muy tranquilo al que le gustaba ir a su aire  pero se volvía agresivo si intentaban forzarle a hacer cosas que no quería.  Lo primero que decidieron fue  ponerle un nombre. Le llamaron AYAR porque era una palabra que él repetía con  frecuencia.

Los  años pasaron y AYAR aprendió a hablar la lengua de la gente del pueblo  aunque, como no era el suyo, se percibía un acento distinto. AYAR aprendió a  manifestar sus deseos y a expresar su descontento pero resultó ser demasiado  sincero.  Era preciso enseñarle que los  demás también tienen sentimientos y que no se debe decir todo lo que se piensa. Aprendió  a leer, a sumar y a restar y, a veces, se le veía jugar con otros niños en la  plaza del pueblo. Los niños  aprendieron a ayudarle a disfrutar del juego y AYAR cada día estaba menos solo y parecía más feliz. Hasta tiñeron  su pelo muchas veces pero a los pocos días siempre volvía aquel tono violeta.  Así que decidieron que el color violeta era un tono precioso para su pelo.

Los  ancianos decidieron que AYAR probablemente venía de muy lejos, quizá de otro  planeta, más allá de las estrellas. Con frecuencia su mirada se perdía  sonriente y en otras ocasiones una intensa angustia lo abrumaba.

El Consejo se reunía una y otra vez para estudiar el caso, para proponer ideas.

Un día la  voz de Marina, de ocho años, enmudeció a los representantes del Consejo: _ “Yo quiero a AYAR. Me  encanta su pelo violeta y su risa cristalina. Me gusta verle mientras mira extasiado cómo caen del cielo trozos de papel de mil colores. ¿Quién ha  decidido que la riqueza está en lo homogéneo? ¿Quién ha decidido que nuestro mundo es mejor que el suyo?… No comprendo sus dibujos y tampoco él sabe  explicármelos pero me encantan.  Sé que a  veces soy invisible para él, pero le he visto sonreír cuando sus ojos me  descubren en medio de una multitud. Hace ya cinco años que AYAR llegó a este  pueblo. Al principio yo trataba de que él hiciese las cosas como yo quería pero aprendí a respetar su ritmo y me dediqué a jugar yo a sus juegos. Descubrí que  eso le encantaba. Nos  empeñamos en que esté en nuestro mundo, en que sea uno de los nuestros… pero  él siempre será quién es…_”

Durante un momento el Consejo enmudeció mientras, miraban atónitos, todos pensativos, a aquella diminuta  figura que se alejaba de entre estos científicos, educadores, sabios y entendidos presentes. Y, entonces, comprendieron la verdad…  ¡A ellos también les gustaba AYAR tal y como era¡ Descubrieron que también él  había enseñado muchas cosas al pueblo, cosas olvidadas como la ingenuidad, el  disfrutar de lo sencillo o la incapacidad para mentir.

Ha  pasado ya mucho tiempo. En la plaza del pueblo se siguen reuniendo los ancianos  porque otros niños y niñas de pelos violetas, verdes y rosas han llegado al  pueblo. Han llegado niños de rostros y cuerpos distintos, niños que se desplazan sobre artilugios, que hablan o ven con las manos. Niños de color diferente, de lenguas diversas, de costumbres  diversas…

Es  cierto que hay gente que aún opina que lo mejor sería que se fueran a un lugar  especial para ellos. Pero, en general, el pueblo ha ido abriendo sus puertas. Y, ahora, es un pueblo más brillante pues la multitud de colores ha llenado de  riqueza y variedad  sus calles, sus plazas,  sus casas y sus vidas.

Y allá, en el horizonte, a la caída del sol,  junto a la playa, dos figuras pasean cogidas de la mano. Son AYAR y Marina,  siguen sin comprenderse pero sus corazones laten como un solo corazón.

Alejandro  tú eres mi pequeño AYAR. Lucharé para que  nunca nadie te arrebate el derecho a ser distinto. El derecho a tener igualdad de oportunidades, respetando siempre la diferencia.

Nos  tomaremos de la mano y seguiremos haciendo camino. Yo siempre estaré a tu lado y tú siempre podrás contar conmigo.

            Te quiero.

                                                                         Mamá

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