28 de octubre de 2000


Me preocupa Javier, Alejandro. Le haces mucho daño y en esos momentos no puedo  comprenderte. Ya me resulta duro no poder consolarle cuando le muerdes porque debo retenerte para impedir que vuelvas a descargar en él tu furia. Él me mira desde lejos, acariciado por Jorge y su mirada me rompe el alma. Me pide ayuda, consuelo, cariño y sólo ve que te retengo a ti. Sé que no te gusta pero he optado por encerrarte  en tu cuarto unos minutos mientras te calmas y así puedo demostrar a Javier que también estoy a su lado, que puede contar conmigo.

Javier te ha llevado de la mano hasta el juego funcional. Nunca has jugado con Jorge como con Javier. Pero has de aprender de algún modo a controlar tu furia cuando Javier osa modificar el juego. Javier no puede evitar ser quien es del mismo modo que tampoco tú puedes evitar ser como eres. El juego de Javier es rico, cargado de imaginación. Él quiere descubrir otros mundos con los muñequitos, mientras tú te empeñas en repetir las mismas acciones una y otra vez. Javier pronto cumplirá tres años. Evoluciona, mientras tu mente, respecto al mundo, va más despacio.

Ayer me enfadé mucho contigo y te pegué una gran torta. No fue tanto la torta lo que me dolió como el sentimiento de rabia que me invadía. Diste a Javier una mordida cerca del ojo, le hiciste incluso sangre. Pensé, en un primer momento, que le habías arrancado el ojo. Hemos hecho agendas de “no se pega” y las hemos puesto por casa para recordártelo y ayudarte a controlar. Hemos tenido que plastificarlas pues las rompes con furia.

Siento que no puedo más. No controlas ni  tu agresividad ni tu fuerza. Te meto en el cuarto y gritas mientras das patadas en la puerta. Javi llora entre mis brazos y Jorge se aleja del caos.

Cuando papá está en casa, todo es más fácil porque puede ocuparse de Javier. Siento que no puedo más, que no llego a todo. Sé que papá está mal, que se siente ignorado por mí. Sé que las cosas no van bien entre los dos.  Sé que me culpa y lo peor es que yo misma me siento culpable. Me gustaría descansar, aprender a disfrutar la vida, alejar las tensiones. Dejar de pensar continuamente en lo que no he hecho, en lo que debo hacer, en cómo ayudarte, en cómo llegar a todos…  Necesito que también alguien llegue hasta mi orilla y me lleve en brazos. Estoy cansada de hacerme la fuerte, la dura… Estoy cansada de luchar. Me preocupas tú. Me preocupan tus hermanos. Si para nosotros a veces se hace duro convivir contigo, para tus hermanos no lo es menos. Ellos necesitan su espacio, sus momentos. Necesitan sentirse también especiales.

Me siento mal, Alejandro. Tengo ganas de dejarme caer. Ganas de cerrar los ojos y olvidar. Pero sé que debo seguir alerta.

Mi pequeño, a pesar de mi enfado, no olvides que TE QUIERO.

Besos. Mamá

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