26 de julio de 1999


Llevaba casi diez minutos abstraído en su juego. Cogía la arena
con sus manos y observaba como se escurría entre sus dedos. Cien veces repitió ese mismo gesto a lo largo de la tarde. Sus ojos y sus risas reflejaban la felicidad plena. No necesitaba hacer montañitas u hoyos con pala y cubos, bastaban sus manos y los miles de granitos de arena dorada, brillante y luminosa.

 El sol se ponía en el horizonte. Los niños entre risas chapoteaban en el agua. Un balón, seguido de diminutos pies, pasó casi rozando a su lado. Él seguía allí. Sentado. Ajeno a todo y a todos, sumergido en su mundo de sencillez y silencio. Más allá del ruido, de los gestos y las palabras incomprendidas. Lejos de la angustia que le supone la impredictibilidad de la gente. Solo y lleno de la infinitud de lo pequeño. Sintió sed. Levantó la mirada y divisó a lo lejos una Coca Cola fresca y chispeante. Se levantó y fue a por ella. Pero le resultó difícil cogerla porque otras manos la atrapaban. Mordió aquella mano y, como otras veces, consiguió su objetivo.  Pero de pronto todo se volvió caótico e incomprensible.

Alguien, otro niño, le empuja y le golpea. La gente se mueve rápidamente a su lado, hablan y gesticulan sin que él pueda comprender nada._ …“Pero…¿qué les pasa?, ¿qué hacen?, ¿qué dicen? Yo sólo quiero Coca Cola…_” El otro niño se pone a gritar. Un grito continuo y agudo. Él siente un dolor espantoso en los oídos y una angustia infinita en el alma. La gente le rodea, le toca, le quitan la Coca Cola y llenan el aire de  palabras, palabras, palabras…  Su madre se acerca y le toma entre sus brazos mientras se disculpa y explica que su hijo es autista.

Madre e hijo se alejan. Ella lo abraza y lo besa mientras le repite que no pasa nada. Él se resiste a sus abrazos, patalea, se golpea la cara y trata de arañar a la madre. Se siente frustrado, angustiado y muy probablemente incomprendido.  Su madre le sujeta con firmeza y le acuna mientras le susurra al oído una canción.  Poco a poco los sollozos se extinguen y su pequeño cuerpo se relaja. Suspira profundamente y luego vuelve a echar el aire a tropezones. La madre le sostiene en sus brazos y siente como el dolor se desvanece. Más tarde, cuando esté tranquilo, su madre sacará un lápiz y un papel. El niño observará interesado mientras ella le hace una agenda en la que pinta que se van a quitar la arena, luego se van a vestir, comprarán Coca Cola y regresarán en taxi a casa.

Él cogerá entre sus manos el papel y lo mirará con atención. Al rato reirá y aleteará con fuerza sus manos, agradecido por haber sido entendido, por entender. Agradecido de que por fin el mundo vuelva a ser  un lugar seguro, ordenado y predecible.

 

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