EL MONSTRUO 7 de enero de 2012


El monstruo regresó el 5 de enero para recordarme que siempre estará ahí porque no es ajeno a mi hijo ni se trata de un ser distinto a él mismo. El monstruo  no se irá nunca, así pues, habrá que mantenerlo a  raya.

Prohibí a Alejandro entrar en Internet y él aprovechó que yo estaba encerrada haciendo paquetes para usar el ordenador. Cuando lo vi, le dije que lo apagara. Él se negó y ahí comenzó la batalla. Me mantuve firme en mi decisión. Finalmente, el ordenador fue apagado. El coste: me tiró del pelo, me dio patadas, me pellizcó, me arañó la cara, me retorció los carrillos y me lanzó al suelo varias veces empujándome. Lo peor fue impedir las lágrimas por el dolor físico y emocional. ¿Cómo hacerte la fuerte cuando tus ojos te engañan y tu cuerpo se ahoga en un llanto incontrolado?

 Él quería escuchar una sola canción (luego sería otra y después otra más…) ¿Por qué no le dejas? Me preguntó Marta. No hay un motivo. Simplemente he dicho que no y he de ser firme y coherente. Si le dejaba hacer, ganaría la batalla. Me ahorraría la agresión física, la tensión, el enfrentamiento… pero a la larga perdería la guerra. Me arriesgué, preferí perder la batalla y, quizá así, algún día ganaré la  guerra.

Después de muchos tira y afloja, obedeció y se quedó en su cama. Mientras yo trataba de serenarme, sonó el teléfono, era mi hermano, estaban llamando a mi padre de Tenerife para decirle que era posible que hubiese un riñón para él. Su teléfono comunicaba y era importante localizarlo. ¿Qué hacer? Alejandro estaba mal. No podía llevarlo conmigo ¿Dejarlo solo?… Lo importante era avisar a mi padre, todo lo demás era menos importante. Llamé a Marta y le pedí que se quedase con él mientras yo corría a casa de mis padres. Los reyes traían a mi padre un nuevo riñón con el que mejorar su calidad de vida. Pedí a Marta que tratase de que Alejandro no supiera que ella estaba en casa y que tuviese cuidado pues estaba mal. En mi ausencia Alejandro se levantó, fue a la cocina, rompió una botella de agua y pisó varios tetrabicks de leche. Luego convenció a Marta para que le ayudase a conectar el ordenador para poner Internet. En eso llegué yo y volví a obligarle a apagar todo. Comenzó la lucha, los golpes y empujones pero me mantuve firme.  Golpeó un cuadro y cogió los cristales para hacerse “la ingresión de sangre” Se cortó superficialmente y me pidió llorando que le curase. Me negué, si él se había cortado tendría que aguantar el dolor, además la herida era tan superficial que bastaba con lavarse con agua y jabón. Le obligué a levantarse de la cama pues estaba llena de cristales. Le hice ayudarme a poner sábanas limpias, barrer los cristales… Cuando vio que no iba a ceder trató de convencerme para que le prometiese que a la mañana siguiente le dejaría entrar en Internet. Por supuesto, mi respuesta fue un NO rotundo. Le hice reflexionar sobre lo ocurrido: su desobediencia, su agresión, el tirar el agua, la leche, romper el cuadro y cortarse… ¡NO! No iba a ver Internet, ni  lo que restaba de noche (eran más de las 10,30) ni al siguiente día… “Esta es mi casa y aquí mando yo”. Él me repetía que le dijera que me lo pensaría. Bastaban dos palabras para contener su furia y poder pensar en mi padre, en el riesgo de la intervención y en el regalo que nos daba la vida. Sólo tenía que decir: _”Ya veremos”_ Sólo eso y volvería la paz. El monstruo se marchará a su rincón del cuadrilátero y esperaría. Sin embargo, y pese a la petición de Javier que temblaba nuevamente por el miedo, no pronuncié esas dos palabras. Mi respuesta era firme: _ No habría Internet en ese viaje y como se le ocurriese romper otra cosa de “mi casa”, tendría que irse a la calle y buscar otra casa en la que vivir.  Siguió insistiendo, gritando, empujándome… pero yo no iba a claudicar. Perdería la batalla pero no la guerra. Quizá terminaría conmigo pero no pondría Internet. Finalmente le pudo el cansancio, se quedó en la cama y se durmió. La batalla duro hasta pasadas las 12. A las 7 del día siguiente ya estaba levantado intentando conectarse a Internet. Por supuesto, se lo impedí. Le hice repetir mi orden: No había Internet en este viaje porque Trini no quería y Trini mandaba. Lo aceptó pero pretendía usar el ordenador de mi padre cuando llegase a su casa y le dije que no usaría ninguno. No habría Internet en ninguna parte.

El día 6 de enero transcurrió en paz. La operación de trasplante de mi padre había sido un éxito. Mi hermana marchaba a Tenerife para estar con mi madre. Alejandro había claudicado en su lucha y yo me sentía más fuerte. Helio me propuso que sacase el ordenador del cuarto de Alejandro y que quitara los cuadros y portarretratos. Según él era como poner un caramelo delante de un niño y prohibirle que lo coma. Puede ser, pero ¿qué mérito tiene no comer caramelos cuando no tienes la posibilidad de hacerlo? Esta es “mi casa”. Los cuadros vuelven a decorar las paredes, las fotos de mis hijos los muebles, el ordenador está donde debe y  todo va a seguir así mientras yo quiera. La casa no va a volver a adaptarse a Alejandro porque Alejandro puede y debe adaptarse a la casa. Debe aprender a respetar las cosas y las normas. Esta es mi casa y no estoy dispuesta a doblegarme. Mientras tenga fuerzas seguiré levantando la cabeza, aguantaré su mirada y le haré saber que yo mando. Además no debo olvidar que el mismo Alejandro teme y sufre por su monstruo. Si yo me atrevo a hacerle frente, si no le muestro miedo, si me mantengo firme él sabrá que podrá descansar en mí. Yo le aportaré seguridad. Alejandro posee la fuerza bruta, contra la que muy poco puedo hacer aunque me he planteado ir a clases de defensa personal para poder inmovilizarlo cuando me ataque. Yo poseo la fuerza mental y la  voluntad. Voy a ganar esta guerra cueste lo que cueste. Mi hijo vivirá en casa algún día y  yo sabré poner los medios para que podamos hacerlo en paz.  Sé que lo voy a conseguir. Sé que ya lo estoy consiguiendo. No volverá a dominarme el miedo aunque sé que no voy a dejar de sentirlo. Sería absurdo ignorarlo. El monstruo está, el miedo también, pero cuento con el amor por mi hijo, cuento con mi cabezonería y mi capacidad para conseguir todo lo que me propongo por difícil que resulte.

Ganaré está guerra. No importan los años que tarde en conseguirlo. No importa las veces que me caiga… mientras aún tenga fuerzas para seguir de pie.

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