Navidad 2012


ImagenLa almohada humedecida me ha recordado que lloré en sueños. Llega la mañana y con ella ese silencio que duele. La casa está vacía. Falta tu risa, tu canto, las carreras, los aleteos, la pregunta lanzada mil veces al viento… Esa pregunta hecha una y otra vez que estuvo a punto de producirme un ataque de nervios… La casa está vacía sin ti porque tú llenas cada espacio con tu alegría desmesurada, incontrolada… Esa alegría que me revive y me agota a un tiempo.

La casa no volverá a llenarse de ti hasta marzo. No nos despertarás la mañana de Reyes con prisas para ir al salón a ver los regalos. No nos llenarás con tu inocencia. Y tus ojos y tu alegría no nos recordarán esta vez que la felicidad se hace con las pequeñas cosas. Nunca te ha importado el número de regalos ni el tamaño de los paquetes  tú sólo esperas “tu regalo”. Este año el regalo que has pedido es muy simple: Un paquete de chicles Orbit con sabor a regaliz y otro de “fresa- plátano, morango de los rojos”.

Simple, sencillo. Como lo es tu vida.

Estos días me has demostrado lo preparado que estás para tolerar la frustración. Estoy orgullosa de ti. Has recorrido un largo y duro camino. Pero tu sonrisa y la nuestra lo compensan. Llegaste a casa con un listado de cosas para hacer: ir al cine, ir a visitar a tales personas, comer en Mac Donals, Ver tales películas, escuchar determinados discos, meterte en internet para ver esto y escuchar lo otro, tocar tales canciones en los pianos de las abuelas, comer espaguetis cada día, desayunar huevos fritos, cenar tortillas o pizza…  Nada sucedió como esperabas pero lo aceptaste con la misma alegría. No pediste el ordenador en ningún momento (decidiste que en Drago José Agustín te dejaría verlo el día 8 o el 9 o tal vez el 10 que es jueves y toca informática) Aceptaste no escuchar tus discos y ver sólo aquellas películas que mamá te proponía. Tuvimos Mac Donals pero no hubo cine y no nos dio tiempo a llamadas ni a visitas. Tampoco comiste espaguetis cada día, ni comiste chocolate a todas horas, ni te comiste de golpe cuatro chicles… Del 20 al 26 tu actividad se fue reduciendo, disminuyó el parloteo, aunque no las preguntas. Aceptaste hacer tareas domésticas y escolares. Hiciste regalos “con todo el corazón” como tú decías. Cumpliste los castigos. Aceptaste los retos y me hiciste sentir feliz y orgullosa. Pero también te atreviste a echar un pulso: rompiste un plato, te cortaste, rompiste un DVD y saltaste sobre la mesa hasta romperla. Amenazaste e intentaste pellizcar a Mari Carmen, cazar y comer una mariposa. Hundiste tu dedo en los labios de abuela, en los de Marta. Preguntaste nombre, apellidos y edades a desconocidos. Plantaste besos en las mejillas de azafatas, dependientas y transeúntes. Reíste a carcajadas hasta tirarte al suelo. Casi haces caer con tu abrazo a más de uno…

Demostraste que puedes controlarte y yo debo exigirte más control. Si hiciese balance entre lo bueno y malo de estos días. Las experiencias buenas superarían con creces a las negativas. Si mirase al pasado diría que todo va genial ahora.  Soy consciente de tus avances como lo soy de los míos y de mis propios fallos (contigo y con tus hermanos) Si miro atrás sé que jamás te has comportado tan bien y sin embargo se que no debo conformarme.

Te hice saber lo que no me gustó de tu comportamiento. Te hice participé de las consecuencias: No vendrás a casa por Reyes. No te gustó la decisión y durante un breve rato me pediste que la cambiara, no cedí. Me mantuve firme a pesar del dolor que me causa el no tenerte esos días. Me reconforta pensar que quizá esta medida rompa el nefasto ciclo de rutinas que para ti representa desde hace más de 6 años cada navidad. Y es que la Navidad es época de sobreexitación: implica reuniones familiares, concentración de ruido y gente en las calles, los sentidos se embotan de luces, colores, música, ruido y palabras… Termina una estación y comienza otra. Finaliza un año y se inicia otro cargado de promesas cuyo deseo de cumplirlas amenazan con quitar la paz. (En 2013 tengo 18 y regreso a casa). El enfrentamiento a lo nuevo siempre te ha supuesto ansiedad: el cambio de mes, de estación, de año… Algo  tan trivial para nosotros no lo es para Alejandro. Le genera angustia y esa angustia, esa sobreexitación  se materializa en agresiones, autoagresiones, destrucción de objetos, llanto, visita de la ambulancia, traslado al hospital, “ingresión de sangre”… Es como una rutina que se siente obligado a cumplir, como un bucle del que no sabe escapar. Mi decisión de no venir a casa por Reyes no es más que mi deseo de romper ese bucle. De hacerle saber que yo mando. Que puede confiar en mí, que puedo protegerle. Que “la nefasta rutina” puede romperse sin que nada malo ocurra.

Me despedí con lágrimas en los ojos. Él cantaba a Cande una canción de Paulina Rubio mientras se alejaba feliz, cantando entre saltos y aleteos hacia el control. Le vi partir. Feliz porque cuando llegase a Tenerife seguro que todos le dirían: ¡Bienvenido Alejandro! Y esa frase le gusta mucho.  Y feliz, también  porque Trini le prometió que en Tenerife los Reyes Magos le llevarían un paquete de chicles Orbit con sabor a regaliz. Y él sabe que Trini no  miente.

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  1. Hermana, qué te puedo decir que calme tu angustia. Sólo se me ocurre: TE QUIERO MUCHÍSIMO. Y eso, con toda probabilidad se queda corto.
    Estoy muy orgulloso de ti y de Alejandro. Lo quiero con locura. Lo abrazo he intento transmitirle lo que siento aunque el lucha por despegarse. Sólo yo sé lo que siento, todo bueno, pero contenido. Los quiero.

  2. Has hecho lo correcto, lo sabes aunque sé que no es consuelo suficiente para una madre que pasará el día de Reyes sin su niño eterno, pero estarán tus otros dos hombrecitos y el resto de tu familia, y sobre todo estarás tú; que te sabrás más fuerte, más segura y con más posibilidades de lograr otros días de Reyes con él, en paz. Te quiero, mujer valiente.

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