NUNCA PIERDAS LA ESPERANZA.


Carta escrita a Margarita De la Iglesia, psicóloga y terapeuta de Alejandro desde los dos años, en febrero de 2006 cuando nuestra “pesadilla” no había hecho más que comenzar. Entonces yo ignoraba que duraría tanto. También ignoraba con qué facilidad me amoldaría a ella con el tiempo.

Me he pensado muy mucho lo de publicar esta carta en el blog. No quiero dañar la imagen de mi hijo pero pienso que quizá  otros padres estén viviendo lo mismo. Quizá alguien pueda sentirse reflejado en mis palabras. A ellos quiero decirles que SÍ existe un camino, que el cambio sí es posible, que no permitan que se normalicen situaciones hasta el punto de dejar de ver lo graves que son. Que no vivan años en el infierno sin casi saber que  están en él o con la resignación de quien no encuentra una solución. Todo ello pasa factura: El matrimonio se rompe, los otros hijos viven lo que no deben y asumen lo que no les compete, el caos se vuelve rutina , se normaliza y  nosotros nos rompemos en pedazos, perdemos la autoestima, la confianza…

Pero jamás debemos darnos por vencidos. Jamás debemos perder la ESPERANZA.

11/02/06

¡Hola Marga!

Te escribo porque me siento desesperada. Creo que es muy fuerte lo que estamos viviendo. Es muy fuerte no ser capaz de reconocer a mi hijo. Es cierto que hay semanas que está más o menos bien y disminuyen las conductas autolesivas y agresivas… Disminuyen, pero no desaparecen. No hay tiempo para que curen las heridas ni desaparezcan los moretones. Respecto a los del alma… ¿Qué te voy a contar?

Hoy llegué con Javier de su partido de fútbol y nos encontramos con que Alejandro había hecho añicos el trofeo que había ganado la semana anterior y del que se sentía especialmente orgulloso. Javier lo cogió intentando recomponerlo, sus ojos estaban anegados en lágrimas que él trataba de reprimir. Lo abracé y le recordé que Alejandro estaba mal y que no debía tenérselo en cuenta. Incluso casi le culpé por no haberlo escondido. Luego, reflexionando sobre lo acontecido me sentí fatal. ¡Pobre Javier! ¿Cómo pretender que un niño de 8 años esconda su trofeo, (que lleva escrito su nombre con letras doradas) en lugar de, tal y como hizo, dejarlo en un lugar bien visible en el salón? Para colmo no sólo no le consuelo debidamente sino que lo responsabilizo de la mala acción de su hermano… y ya tengo otro motivo para sentirme fatal conmigo misma. Lo cierto es que  ya no sé qué hacer ni cómo hacerlo. No doy una.

El trofeo de Javi no fue lo único que rompió, también la carcasa del ordenador, la mampara del baño, un cuadro… El otro día le toco a un vaso, dos platos, el mando del DVD y un trozo de pared que se desprendió tras los portazos… todo son gritos, llantos, golpes. Ayer le agarré con fuerza las manos pues trató de tirarme del pelo y  como tenía las manos sujetas, me escupió y me mordió la cara.  Tengo que controlarme para no responder con la misma violencia. Siento su rabia. Sus ojos miran sin mirar y yo no le encuentro en ellos. Su rostro permanece inerte, inexpresivo. No veo dolor ni miedo en su mirada, sólo la rabia lo llena todo.

¿Dónde está mi niño Marga? ¿Por qué no lo encuentro? Tiene 11 años. ¡Sólo 11 años y la fuerza de un mar embravecido! He de reconocer que me resulta difícil amarle, comprenderle y perdonarle. Me aterroriza pensar que éste es Alejandro, que no se trata sólo de una mala época… Me aterroriza pensar que tendré que a prender a amar al niño en el que se está convirtiendo. Necesito que me digas que esto es temporal, que es la preadolescencia, que mi hijo volverá.  Me duele ver que ya no hay paz en su vida y como consecuencia, tampoco en la nuestra.

Cada noche Alejandro se acuesta en mi cama, se duerme a mi lado y luego Helio se encarga de trasladarlo a la suya. Cada noche me abraza fuertemente. Cada noche me dice que tiene miedo, que está muerto, me pide que le ayude y me pregunta qué le pasa… Cada noche me reencuentro con el Alejandro dulce, con el niño de 11 años que busca refugio en mamá. Descubro tristeza en sus ojos y siento como su cuerpo se pega al mío buscando seguridad. No sé cómo ayudarle y me aferro a la esperanza de que este momento pasará… Estoy cansada de dar vueltas intentando averiguar a qué se debe su comportamiento. Cansada de escribir antecedentes conductuales, reacciones, consecuentes…  Cansada de buscar técnicas para cambiar su conducta: Agendas,anticipaciones, refuerzos positivos, negativos…

Hoy han vuelto a plantearme que lo ponga en una residencia especializada. Me he enfadado y he insultado a quien me lo propuso. Esa persona afirma que no estoy pensando en mis otros hijos, en mi matrimonio, ni en mi misma. Le he gritado que se meta en sus asuntos y poco me importó que estuviéramos en el colegio ni que estuvieran presentes mis hijos. Le dije que ella quería quitárselo de encima y que no lo iba a tener tan fácil.  Resulta que hoy rompió un armario del aula de P.T. Lo tiró al suelo y luego lo pateo hasta hacerlo añicos. Pudo haberse matado si se le hubiese caído encima, entiendo que esta mujer estaba aterrada pero no consiento que me diga que debo sacar a Ale de mi casa. ¿Cómo se le ocurre pensar que lo mejor “para todos” es ponerlo en un centro? Alejandro me pide ayuda cada noche. Se descubre perdido, indefenso… y lo más angustioso es que yo no sé qué hacer pero no creo que le ayude sacándolo de mi vida cuando más me necesita. Lo más doloroso es que él no puede contarme lo que siente, lo que piensa o  lo que teme… Le pido que dibuje, que se dibuje por ver si eso me da pistas… pero lo único que percibo es su obsesión por la perfección. Dibuja hasta el más pequeño detalle por ejemplo el logo de Nike en sus deportivas cuando se pinta a sí mismo, la herida en su rodilla, la muñequera que le pongo para evitar que siga mordiéndose… Sus dibujos podían ser fotos por lo fieles que son a la realidad. Su actitud cuando no está enfadado es la de tener un comportamiento mucho más autista, más rígido e inflexible… Pienso si es una manera de defenderse de lo que sea que le ocurre. Han vuelto muchas esterotipias, ecolalias y conductas  obsesivas, como la de  ordenar de una forma concreta, que habían desaparecido… Tanto orden en contraste con tanto caos. El caos que ocasiona cada vez que se enfada y pierde los papeles.

Quería contarte que tengo miedo. Sí, tengo miedo. Jamás me atrevería a confesarlo en voz alta pero es así. Tengo miedo de mi hijo de 11 años. A mediodía, cuando llego del trabajo y me voy acercando a casa siento como el miedo me presiona el pecho. Lo siento en la boca del estómago, en la garganta y sé que me oprime el pecho. Pienso en cómo estará hoy, en sí tendrá un buen día o estará enfadado. En si podre llevar a sus hermanos a fútbol o si tendré que volver a mandar a Javier con la vecina y pedirle a Jorge que se encierre en su cuarto. ¡Mis pobres niños! Si yo siento miedo ¿Qué sentirán ellos? Sé que Alejandro puede oler mi miedo así que doy un par de vueltas a la manzana tomando conciencia de mi cuerpo, de mis sentimientos y llenando mi cabeza de pensamientos  y sentimientos positivos. Visualizo al Alejandro feliz, aleteando y saltando, llenándolo todo con su  risa. Nos visualizo a los cinco unidos y riendo tranquilos. Luego respiro hondo y abro la puerta de casa, dejando en la calle el miedo.

Lo cierto es que hace mucho tiempo que la risa de Alejandro no se muestra al mundo, ya no hay casi aleteos, ni saltos, ni cantos… Lo cierto es que yo sigo alerta el resto del día temiendo que en cualquier momento se disparé la furia. Siento que ando de puntillas por la vida. Sí, así me siento pero ni lo digo ni lo demuestro. Me gustaría al menos hablar de ello con Helio. Me gustaría llorar en su pecho y abandonarme en su abrazo. Sin embargo cada uno vive en su propia burbuja y cada día estamos más separados, cada uno sumergido en su propio dolor, o al menos eso creo. Algunos fines de semana no voy a la casa del campo hasta el domingo. Helio se lleva a Ale y yo me quedo sola o con Jorge. Entonces me siento bien. No tengo miedo ni debo estar alerta pero en lugar de disfrutar mi estado me siento culpable por sentirme liberada cuando mi hijo no está.

Por suerte Alejandro se duerme temprano. Sobre las 9 regresa a casa la paz. Él se duerme  en mis brazos y yo siento como su cuerpo pasa de la tensión a la relajación. Entonces también yo me relajo. Entonces me digo que ese será el último día de esta mala racha. Mañana no tendré que reprimir las lágrimas ni volveré a sentir miedo. No tendré que proteger ni temer por mis hijos. No tendré que ocultar la vergüenza que también me provoca esta situación, ni me sentiré culpable por no saber ayudar a Alejandro, por no proteger a Javier ni a Jorge o por  gastar toda mí  energía en Alejandro. Y así me duermo. Pensando que mañana será otro día. Mañana por fin volverán la paz y la alegría. Mañana Alejandro volverá a reír y llenara nuestra casa con sus risas. Mañana…

laberinto No puedo perder la esperanza aunque si mañana aún no es el “Mañana que yo espero”, seguiré a su lado. Seguiré luchando por comprenderle, por traerle de nuevo a casa. Seguiré buscándole,  dándole la mano, llevándole en brazos, amándole. Curaré sus heridas y escucharé su silencio…Siempre estaré a su lado y NUNCA PERDERÉ LA ESPERANZA.

                               Gracias por leerme.

                                               Un beso.    Trini.

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  1. eres la mejor!!!!eres fuerte, tia y me encanta, me pareces todo un ejemplo y tus palabras seguramente sean de gran ayuda para muchxs. Te kiero

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