INTERMINABLE DESPEDIDA


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Alejandro tiene 4 años. Estamos en la playa con los primos y tíos. Llega la hora de regresar a casa y doy a mis hijos la orden de despedirse  de todos para marcharnos. Mis tres hijos con sus mochilas a la espalda en la que cada uno lleva su toalla, bañador, pelota, cubos, palas, coches… comienzan el ritual de la despedida. En medio del ajetreo  no me percato de que Alejandro se ha alejado. Cuando me quiero dar cuenta lo diviso cinco sombrillas más allá, besando y abrazando a una señora. Me pregunto si será alguien conocido y me acerco para ver de quién se trata. Mientras mi hijo continua su recorrido. Le veo inclinarse sobre una rubia que toma el sol y darle un sonoro beso en la mejilla al tiempo que le dice: “Allós, besitooo!”.  Me disculpo con la desconocida  y lo rescato de tan pesada encomienda.  Si lo dejo es capaz de recorrer los 5 Km de playa besando y despidiéndose de  “todo” el mundo.

Sonrío y tomo nota de la lección que mi hijo me acaba de dar: Lo que parece obvio, no lo es para Alejandro. Jorge y Javier limitaron su despedida a los conocidos pero Ale interpretó literalmente la orden y se aventuró a despedirse de “TODOS”. Así pues debo ser más cuidadosa con e la utilización del lenguaje.  No hay mejor maestra que la experiencia.

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  1. Yo creo que deberíamos de aprender de Alejandro, y repartir besos sin miedo ni vergüenza, y recibirlos de igual forma.
    Felicidades como siempre por escribir y compartir estas vivencias.
    Un beso, o dos.

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