5 años y 30 días.


Se despertó sonriente. Sabedora de que ese era el primer día del resto de su vida, de una nueva etapa. En unas horas él estaría nuevamente en casa , quizá para siempre o al menos hasta los 99 como a él le gustaba repetir.

Detrás quedaban 5 años y 30 días de lucha, renuncia, crecimiento, encuentros y vida compartida. Detrás quedaban el miedo, la oscuridad y el caos.

Durante ese tiempo él había vuelto a tomar las riendas de su existencia. Había aprendido a controlar al monstruo, a doblegarlo. Había vuelto a sonreír y a confiar en sus posibilidades. Las canciones y las risas llenaban nuevamente su vida. Había aprendido a diferenciar lo malo y lo bueno y a escoger lo correcto. Había aprendido a mirar en su interior y a poner nombre a sus emociones: tristeza, alegría, enfado, nervios, ansiedad… Había aprendido estrategias para regular su conducta… Había crecido.

También ella había cambiado. Hacia mucho tiempo que el miedo no dominaba su vida y no porque hubiese desaparecido sino porque ella podía controlarlo. Había cogido las riendas de su vida. Había aprendido a mirar en su interior, había lamido sus heridas, se había perdonado y había aprendido a amarse. Como él, ella había aprendido a escoger lo bueno. No valía la pena perder el tiempo en discusiones o rencores ni en permitir que los contratiempos se transformasen en problemas. Había escogido la luz y la alegría sabiendo rodearse de personas que sumaran a su vida. Había aprendido a valorarse, a creer en sus posibilidades.

Cinco años atrás había tomado una decisión muy dolorosa que implicaba vaciarte para llenarte, renunciar para acoger. Una opción por amor y en alas de la esperanza.

La esperanza es ese clavo ardiente al que te agarras cuando no quieres darlo todo por perdido. Cuando estás dispuesta a luchar con uñas y dientes para que ese resquicio de luz derrote las tinieblas e ilumine por fin tu vida. Es la esperanza la que te convierte en un ser resiliente, capaz de crecer con las dificultades.

Se preparó y bajó a la playa. Aún faltaban unas horas para que él llegara. Se puso las gafas, conectó la bombona y se adentró en el mar. Esta vez sí que se atrevió a sumergirse en lo profundo. Allí, acompañada solo de la inmensidad del océano y rodeada de silencio supo que estaba preparada para seguir viviendo.

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