¿Quién?

030821_0094 (2)Alejandro tiene unos 8 años. Estamos en la cola del super pasando la compra. Detrás de nosotros se coloca una chica de color muy alta. Alejandro la mira asombrado, escaneándola con su mirada. La revisa de arriba abajo y de abajo arriba, una y otra vez. Luego mira a la cajera, me mira a mí y vuelve a escanear a la chica. Ésta, con acento extranjero y cara sonriente le pregunta: -¿No habías  visto nunca una mujer tan alta?-  Alejandro ignora su pregunta, me mira y por fin expresa lo que le preocupa: -”Trini ¿Quién pintó de negro a la gigante?”-

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LA MESA DE NOCHE

ImagenAlejandro tiene unos cinco o seis años. Estamos trabajando el hacer recados para ampliar su lenguaje comprensivo usando objetos que no están a la vista, posiciones espaciales (encima, debajo, dentro, fuera….), diferentes escenarios,  etc. Es cómo jugar a los detectives. Tiene que traer un número de objetos para conseguir puntos que luego canjea por chuches. De este modo también trabajamos numeración, asociación, petición… Ese día le pido que me traiga el libro que está  encima de mi mesita de noche.  Alejandro corre a hacer el recado pero antes de entrar en mi dormitorio se detiene y me  mira  esperando mi aprobación. Le digo que sí y él entra. Yo me vuelvo al salón segura de que cumplirá su cometido. Al poco Alejandro regresa sin nada. Le repito la orden y él vuelve a hacer lo mismo. Se detiene frente al dormitorio esperando mi confirmación. Entra y sale sin nada.  A la cuarta vez decido acompañarle pues comienza a poner se nervioso. Ya en mi cuarto le repito la orden: _Alejandro dame el libro que está encima de mi mesita de noche.-  Y le señalo ambas cosas. Entonces él me mira muy serio y me dice enfadado:_ “¡De noche y de día Trini. Esa es mesita de noche y de día!” _

Una  vez más he sido yo quien ha recibido la lección. En la lógica de mi hijo no cabe que a una mesa se la llame de noche si se usa y existe también por el día.  Ciertamente a veces no sé quién enseña a quién.

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SEÑOR NINTENDO: …

OLYMPUS DIGITAL CAMERAUno de los juegos favoritos de Alejandro siempre han sido los relacionados con las maquinitas, ya fuese el ordenador o las Video Consolas (Play Station,  Gameboy…)  Llegó a tener hasta cuatro maquinitas de estas a lo largo de los años. Tenía unos  10  cuando su última  Gameboy  pasó a mejor vida. Tras una crisis nerviosa por no conseguir superar el nivel. Le encantaba jugar pero no soportaba perder. Así que, ya que el juego, en lugar de aportarle placer, se había convertido en una obsesión desquiciante,  decidí no comprarle ninguna más. Él estuvo insistiendo mucho tiempo para que se la comprara o se la trajeran Papá Noél o Los Reyes Magos. En aquella época la PSP se abría camino y la gameboy condenada a desaparecer, escaseaba. Pero Alejandro continuó tratando de  conseguirla. Cuando íbamos al Corte Inglés él mismo la pedía a las dependientas. Yo trataba de explicarle que “Ya no se fabricaba, que ya no se podía conseguir”. Llegué a hacerle una Agenda para tratar de que lo comprendiera. Pero él no se resignaba y seguía insistiendo en que quería una y en que se la buscara. El tema se convirtió en  otra obsesión y siempre que lo sacaba terminaba enfadándose casi tanto, como cuando no conseguía superar los niveles del juego. A pesar de ello yo me negaba a hacer concesiones, eso sí, con una Gameboy escondida en el armario por si la cosa pasaba a mayores pero manteniéndome firme en mi decisión de que no volviera a usarla, a menos que aprendiera a controlarse un poco más. Un día me preguntó qué quién fabricaba la Gameboy y le respondí que era de Nintendo. Él se fue a su habitación y al rato vino con una  carta que decía lo siguiente:

“Señor Nintendo soy Alejandro Ayala Romero y quiero que usted me fabrique una Gameboy Advance de color azul plata. Mi madre se lo paga luego.

Firmado: Alejandro”.

Admiré la capacidad de mi hijo para tratar de buscar una solución a un problema de su interés y le dije que tendríamos que esperar casi un año por la respuesta del señor Nintendo. Protestó porque “un año eran 365 días  y eso era mucho tiempo” pero una  vez más conseguí convencerlo y la Gameboy fue suplantada con el tiempo, por otros intereses y terminó en el olvido. Aunque todavía cuando le pido que escriba su carta a los Reyes se aventura a preguntar si ya habrán fabricado su Gameboy.

INTERMINABLE DESPEDIDA

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Alejandro tiene 4 años. Estamos en la playa con los primos y tíos. Llega la hora de regresar a casa y doy a mis hijos la orden de despedirse  de todos para marcharnos. Mis tres hijos con sus mochilas a la espalda en la que cada uno lleva su toalla, bañador, pelota, cubos, palas, coches… comienzan el ritual de la despedida. En medio del ajetreo  no me percato de que Alejandro se ha alejado. Cuando me quiero dar cuenta lo diviso cinco sombrillas más allá, besando y abrazando a una señora. Me pregunto si será alguien conocido y me acerco para ver de quién se trata. Mientras mi hijo continua su recorrido. Le veo inclinarse sobre una rubia que toma el sol y darle un sonoro beso en la mejilla al tiempo que le dice: “Allós, besitooo!”.  Me disculpo con la desconocida  y lo rescato de tan pesada encomienda.  Si lo dejo es capaz de recorrer los 5 Km de playa besando y despidiéndose de  “todo” el mundo.

Sonrío y tomo nota de la lección que mi hijo me acaba de dar: Lo que parece obvio, no lo es para Alejandro. Jorge y Javier limitaron su despedida a los conocidos pero Ale interpretó literalmente la orden y se aventuró a despedirse de “TODOS”. Así pues debo ser más cuidadosa con e la utilización del lenguaje.  No hay mejor maestra que la experiencia.