HERMANOS.

Mi hijo Jorge tendría unos 5 años el día qué me preguntó por qué le había tocado a Alejandro tener autismo, por qué nos había tocado a nosotros. Recuerdo que le respondí que era porque nosotros eramos la mejor familia para él y él era el mejor hijo y hermano para nosotros. Los años me han demostrado que, aunque quizá Jorge no comprendió mi respuesta, esta fue la acertada.

En Mayo de 1999 escribí a Alejandro la siguiente carta.

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Entré en el patio del colegio, Jorge jugaba al fútbol con sus compañeros y tu corrías tras él como si fueses su sombra. Estuve observándoles largo rato. Jorge plenamente convertido en futbolista y tú corriendo de un lado a otro tras él. Jorge concentrado en el balón y en el juego. Tú sonriente. Corriendo de puntillas a su lado… Juntos pero distantes. Juntos pero en mundos paralelos. Jugando unidos distintos juegos.

De camino a casa le pregunté a Jorge si a sus amigos no les molestaba tu presencia. Me respondió muy serio que al principio sí. Que el intentó que te mantuvieses sentado pero al no conseguirlo decidió  explicarle a sus amigos que tú eras el árbitro, sólo que no tenías silbato. Me sorprendió su respuesta y le sonreí. Jorge me dijo que debería comprarte un silbato. Él confía en que lo tocarás cuando te lo diga. A sus amigos ya no les molesta que estés en medio del partido a fin de cuentas, como dice Jorge,  los árbitros están en el campo, corren de un lado a otro pero no juegan.

Me asombra la capacidad integradora de Jorge a sus cinco años. Su capacidad para transformar en juego cualquiera de tus estereotipias. Su capacidad para tratar de comprenderte, para guiarte, para ayudar a otros a aceptarte. Cada día estoy más orgullosa de él. Es un hombre en miniatura. Le he visto defenderte sin peleas, usando el ingenio. Recuerdo un día en el parque,  unos niños te rodearon y empezaron a hacerte preguntas y a reírse. Me levanté para ayudarte pero al llegar vi que Jorge se me había adelantado. Los niños riendo te decían: ¡Eh tonto! ¿Cómo te llamas? ¿Por qué das vueltas? ¿No sabes hablar?… Jorge se acercó puso su mano sobre tu hombro, miró a los niños y les dijo: _ Se llama Alejandro. Sabe hablar. Pero no le gusta hacerlo con niños tan bobos_. Te trajo a mi lado y me dijo: _Mamá en este parque hay mucho niños tontos. Será mejor que vayamos al de siempre porque allí Ale tiene amigos y yo puedo jugar al fútbol con los míos_.

¿Has visto Alejandro? Para tu hermano, a pesar de ser tan pequeño, el problema no está en ti sino en aquellos que te ven con ojos distintos. Jorge será un buen hombre. Y tú habrás contribuido a ello. Ha aprendido a aceptar con naturalidad lo diferente. Lucha y protesta cuando percibe una injusticia. Nunca le he pedido que te cuide, ni que cuide de Javier. Es un niño responsable por naturaleza o por necesidad. Yo le digo continuamente que papá y yo somos los responsables de cuidar de ustedes. De los tres.  Él me mira muy serio y me dice:_”No mamá, yo ya no soy pequeño. Sé hacer muchas cosas solo y puedo ayudarte”_. Yo le miro orgullosa, le sonrío y le abrazo. Realmente no puede imaginar cuánta ayuda me presta. Le he visto sentado contigo en el suelo. Mostrándote animales y preguntándote por el nombre de cada uno. Aplaude feliz ante cada respuesta correcta. Coloca los animales en largas filas tal y como haces tú. A veces trata de hacerte participar en sus juegos pero en lugar de frustrarse por no conseguirlo ha decidido jugar a lo que juegas tú: Colocar en fila los animales, correr de un extremo al otro del salón… Pero siempre añade algo. Por ejemplo contar las carreras, dar una palmada al sillón… Curiosamente tú aceptas el cambio en el juego y haces lo mismo que él. Sin saberlo, Jorge te enseña y te ayuda. Sin saberlo, tú le ayudas a ser mejor persona.

 

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LOS DESCONOCIDOS

Me doy por vencida. No consigo que mi hijo comprenda quienes son desconocidos. Y no es porque no lo he intentado. Sino porque su lógica se impone a cualquiera de mis razonamientos.

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Si él coincide más de tres veces en la piscina con los mismos niños y adultos,  si siempre nos cobra la misma cajera en el supermercado, si el señor que limpia la piscina y el que arregla los jardines son siempre los mismos….si además conoce (porque lo ha preguntado) sus nombres, apellidos, fechas de nacimiento y la edad que tendrá cada uno en 2015… Y si además cada vez que le ven le saludan con un  ¡Hola Alejandro!, cómo  voy yo a seguir diciendo que todos ellos son desconocidos a los que no debe besar, abrazar, pedir galletas, etc.  Si  juegan a la pelota lo incluyen en su juego aunque Ale tras lanzar el balón dos veces prefiere seguir buceando y llenando el aire de cantos con esa voz en falsete absolutamente desafinada. Él comparte también su colchoneta y si se rompe: _ No pasa nada porque Trini compra otra_

Le miro desde el porche del bungalow. Él me devuelve la mirada y cómo si me leyera el pensamiento se apresura a explicarme: Este es Pedro, ella es María, el bebé se llama Claudia. No son desconocidos Trini. Son mis “amigos”. Yo no hablo con desconocidos_ Se justifica, para que no me enfade. Los niños que le rodean, entre seis y 11 años se apresuran a confirmar que son sus amigos y que Ale se está portando bien.

Suspiro y sonrío. Sorprendida por la sencillez con la que él ve el mundo y   orgullosa de la facilidad con la que mi hijo con autismo crea lazos y por el modo que me obliga a mí a crearlos. Porque dentro de cuatro días, cuando Alejandro ya no esté, todos me preguntarán por él. Algunos adultos me preguntarán sobre autismo y me confesarán que su idea de autismo era muy distinta. Yo explicaré que casi hay tantos autismos como personas con autismo. Y haré hincapié en las tres características  que todos tienen en común aunque de distinto modo y en diferente grado:

Dificultades en la comunicación. Que  van desde la ausencia de lenguaje hasta la dificultad para mantener o seguir una conversación.

 Dificultades en la relación social: desde no relacionarse hasta el no hacerlo de forma adecuada.

Intereses restringidos o conductas repetitivas o estereotipadas: Desde el interés por  el universo  al interés por las motas de polvo que se reflejan en la luz. Y en medio de ello Alejandro y su interés por saber el nombre, apellidos, edad y fecha de nacimiento de cuantas personas conoce ya sea la azafata, la señora que se sienta frente a nosotros en la guagua o el camarero del bar… y su necesidad de “hacer amigos”.

Él sigue creando lazos, construyendo puentes y a mí me da la oportunidad de que el autismo sea un poco más conocido.

Quizá la línea entre lo conocido y lo desconocido sea mucho más fina de lo que yo pienso.  Quizá definitivamente sea mucho más lo que nos une que lo que nos separa y mi hijo tenga la capacidad, que a muchos nos falta, de entenderlo .

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