28 de marzo de 2005. Para Alejandro en su Décimo cumpleaños


Diez años ya y parece que fue ayer cuando te empeñabas en llegar al mundo con tanta prisa. Fuiste  diferente desde el primer momento. Llegaste en sólo cuarenta y cinco minutos, desde la primera contracción.  A papá apenas le dio tiempo de encender un cigarro y ya lo estaban llamando para que no se perdiera tu nacimiento. Él fue quien primero te tomó en brazos. De los suyos pasaste a los míos y allí te quedaste. Cuando la enfermera te quitó de mi lado lloraste intensamente. Quizá sólo fue la casualidad pero recuerdo que ella comentó que parecías haber percibido que te alejaba. Tampoco te costó nada coger el pecho, claro que también en eso yo ya era experta…

Diez años. Parece que fue ayer y, sin embargo, han sido tan intensos… No podemos quejarnos Alejandro. La vida ha sido generosa con nosotros. ¿No te parece? Creo que ha llegado el momento de mirar hacia delante. El pasado quedó atrás y sólo el presente está en nuestras manos.

He querido recopilar estas cartas y atreverme a compartirlas con la esperanza de poner un poco de luz en el ayer, pero, sobretodo, para curar una herida, para cerrar definitivamente esa puerta. No es que quiera dejar de luchar. No es que  no vuelva a escribirte, simplemente he decidido comenzar a hablar. Me abro al futuro como quien recibe el nuevo día sacudiendo las sábanas. Yo decido sacudirme el dolor, la tristeza, el ayer… Quiero hablar con papá cuando me sepa triste.

Alejandro soy feliz, inmensamente feliz por la vida y sus regalos: por el amor de papá que, a pesar de todos los momentos malos, sigue a mi lado, siendo “compañero de camino”; por ti que nos sigues  enseñando a superarnos siendo ejemplo de lucha; por tus esfuerzos en tratar de complacernos  aún cuando no siempre sepas qué esperamos de ti; por Jorge, mi pequeño gran hombre, porque en su incipiente adolescencia se entrevé un corazón noble y bueno, comprometido con las causas justas de las que papá le habla; por Javier, por mi pequeño Javier y su alma rebelde. por su intensa sonrisa y su mirada picarona. Mi pequeño Javier, feliz contra todo pronóstico.

Cuando Jorge tenía unos ocho años me preguntó, un poco enfadado, por qué tú tenías que ser así, por qué tuvo que tocarte a ti. Yo me sorprendí respondiéndole que ésta era la mejor familia para él porque Dios sabía que tendría un hermano como él, que te ayudaría, te querría y te enseñaría, un hermano como Javier paciente y cariñoso y unos padres que no se cruzan de brazos esperando que la realidad cambie sino que luchan por cambiarla. Sí, estoy convencida, somos la mejor familia para ti y tú eres el mejor hijo y hermano para nosotros.

Quiero darte las gracias por la dimensión nueva e intensa que das a cada pequeño acontecimiento.

Así te dibujabas a ti mismo hace unos meses.  Envuelto en alegres y vivos colores. Fuera un intenso cielo azul con un pequeño sol sonriente en una esquina. La hierba verde y fresca bajo tus pies. Te sitúas delante del arco iris aunque da la sensación de que éste te atrapa, te envuelve. Te dibujas sonriente, destacando tus ojos, tus orejas y tus manos con sus cinco dedos. Todo parece difuminarse en un solo dibujo. Todo es color. Parece como  si tú y el Arco Iris fueran un todo. Alejandro: “El niño del Arco Iris”.

Te gustó tanto el dibujo que lo colocaste en la nevera para que todos pudiésemos verlo. Me pregunto si es así como te ves realmente. Si así fuera, al menos no se percibe angustia sino alegría. No hay trazos a lápiz, lo cual indica que está hecho sin titubeos, con seguridad.

Rivière en uno de sus libros decía que el niño autista parecía “como cubierto de copos de silencio”.  Tú te has dibujado dentro de un Arcoiris. Tiene más color aunque manifieste de igual modo la  terrible soledad que te rodea.

Mi niño del Arcoiris, sólo decirte algo más: Hemos aprendido a quererte tal y como eres y tú has aprendido a salir a nuestro encuentro cada vez que te lo pedimos. Nos vuelven locos tus gritos pero también nos divierten tus ocurrencias. Hemos aprendido a seguir tus pasos. Ya no pretendemos cambiarte. Tú nos has enseñado que no se puede pactar con las dificultades. O te vencen o las vences y nosotros hemos decidido vencerlas.

Quiero darte las gracias Alejandro por estos maravillosos diez años, por cada pequeño paso, por cada gesto, por cada intento… Gracias por dejarnos formar parte de tu vida. Gracias por querer contar con nosotros. Gracias porque podemos contar contigo.

Te quiero mucho.  Besos.
Mamá.

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Un comentario

  1. Hermanita, no sé si tendré fuerzas para leer todas las entradas (me haces llorar como una Magdalena). Me encantan las fotos, el dibujo y creo que esta frase: “que ésta era la mejor familia para él porque Dios sabía que tendría un hermano como él, que te ayudaría, te querría y te enseñaría, un hermano como Javier paciente y cariñoso y unos padres que no se cruzan de brazos esperando que la realidad cambie sino que luchan por cambiarla.”, resume perfectamente lo que pienso, que Ale es muy afortunado.
    Un beso enorme.

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